jueves, 20 de marzo de 2014

Tus ojos del color de la Coca-Cola



Y esto no deja de ser como el café que se queda frío mientras nuestras  miradas se cruzan. Ese instante que para el tiempo y el espacio, ese que nos separa cada día un poco más. Mis dedos en el teclado y no entre tus manos, eso que se siente como los anocheceres en el campo, no se si lo entiendes, que veo caer el sol entre libre y nostálgico, pero siempre solo y me doy la vuelta esperando ver o verme o volver a mirar a ese abismo que eran tus ojos al que me gustaba tanto saltar. Juro que el miedo y yo hicimos las paces, un trato firmado con mi sonrisa que no era más que un reflejo de la tuya, en el que decidimos darnos un tiempo.

Tiempo.

Pero él vuela, y a mi se me quemaron las alas, que resultaron ser de cera al querer acercarme demasiado al sol. Y ese sol eres tú, y yo, Suecia. Mil días a oscuras, tantos que me acostumbré a las tinieblas y ahora, una vez aprendí a no hundirme en el barro que encontré al final del precipicio, temo haberme vuelto tan ciega que no pueda volver a levantar la vista al cielo, o sea, volver a echar los brazos alrededor de tu cuello cuando vuelvas a cruzarte en mi camino. En un café quizás, que sirva de excusa para volver a hacer coincidir nuestros miedos, para que se vayan juntos dejándonos solos, a ti, a mi y a nuestras manos dadas debajo de la mesa.

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