"Nunca me gustaron las despedidas" dijiste dándome un beso y la espalda instantes después.
Y hoy "Crecer es aprender a despedirse".
Pues no sé, yo que quieres que te diga, no podía estar más de acuerdo, ni menos. Crecer es darse cuenta de que al final de la cuesta arriba hay algo, y si es tan difícil de conseguir pues que sé yo, quizás sea porque realmente es valioso, porque solo unos pocos afortunados, unos cuantos ilusos con la cabeza llena de sueños, consiguieron ver de que se trataba.
No sé, llámame loca, pero crecer también es aprender a luchar, a no rendirse, a intentarlo una y mil veces, porque quizás cariño, el premio merezca la pena.
Pero entiendo que toparse una y mil veces con esas arpías que son las barreras, que te comen la cabeza diciéndote que no puedes conseguirlo, que eso no es para ti; no debe ser fácil hacer oídos sordos en vez de ojos ciegos para ver que quizás esa valla no haga falta saltarla, que te puedes burlar de todos y pasarla por debajo, y así llegar a sus brazos, que te rodearan como si de verdad hubieses alcanzado el cielo.
Mira, no me hagas mucho caso, pero será mejor mancharte de barro mientras recorres el camino, que sentarte en un borde y ver pasar la vida. Que mejor llegar tú y todos tus compañeros (porque sí, nunca estarás solo, eso también te lo aseguro), que no llegar nunca... Y si no llegas será porque encontraste otro camino, ni mejor ni peor, pero con otra mano alrededor de la tuya.
Así que sí, crecer es aprender a despedirse, pero está en tus pies (entiende la metáfora) no dejar que quien de verdad te importa deje de caminar a tu lado; o que lo que realmente importa deje de estar en tu cabeza noche y día.
Pero tú crece, despídete si hace falta, incluso dame la espalda si es lo que te dice el corazón... Pero yo seguiré aquí. Toma mi sonrisa, es tuya si quieres.
viernes, 21 de marzo de 2014
jueves, 20 de marzo de 2014
Tus ojos del color de la Coca-Cola
Y esto no deja de ser como el
café que se queda frío mientras nuestras miradas se cruzan. Ese instante que para el
tiempo y el espacio, ese que nos separa cada día un poco más. Mis dedos en el
teclado y no entre tus manos, eso que se siente como los anocheceres en el
campo, no se si lo entiendes, que veo caer el sol entre libre y nostálgico,
pero siempre solo y me doy la vuelta esperando ver o verme o volver a mirar a
ese abismo que eran tus ojos al que me gustaba tanto saltar. Juro que el miedo
y yo hicimos las paces, un trato firmado con mi sonrisa que no era más que un
reflejo de la tuya, en el que decidimos darnos un tiempo.
Tiempo.
Pero él vuela,
y a mi se me quemaron las alas, que resultaron ser de cera al querer acercarme
demasiado al sol. Y ese sol eres tú, y yo, Suecia. Mil días a oscuras, tantos
que me acostumbré a las tinieblas y ahora, una vez aprendí a no hundirme en el
barro que encontré al final del precipicio, temo haberme vuelto tan ciega que
no pueda volver a levantar la vista al cielo, o sea, volver a echar los brazos
alrededor de tu cuello cuando vuelvas a cruzarte en mi camino. En un café
quizás, que sirva de excusa para volver a hacer coincidir nuestros miedos, para
que se vayan juntos dejándonos solos, a ti, a mi y a nuestras manos dadas
debajo de la mesa.
miércoles, 19 de febrero de 2014
¿Dónde estás?
“A veces se hace bola y no, nada
es como queremos”. Por esos días, o más bien esas noches de tumbarse en la
cama, solo, y mirar por la ventana echando de menos algo que no sabes que es.
Quizás se trate del frío que hay en la otra mitad de la cama, o de la soledad
de esas canciones con las que intento tapar el tic-tac del reloj y los latidos
de un corazón que parece no ser el mío.
Esta noche como tantas otras
llama a la puerta una vieja conocida, Melancolía. Y viene, como no, acompaña de
tantos recuerdos: la intención de sus ojos, la plenitud de su risa, los susurros
al oído de madrugada en una noche, como podía ser esta. La luna nos observaba
igual que hoy me mira y parece reírse de mí y de mi corazón vacío, armado y
escondido tras una máscara. Ahí y así es como siempre fue, antes de que llegase
para caminar a mi lado y guiarme lejos de este precipicio al que vuelvo a
saltar hoy.
miércoles, 8 de enero de 2014
Más bonita que ninguna...
Rutina. Una palabra tan mágica
como peligrosa. Volver a empezar, conectar, cambios, prisas, estrés… Y seguridad,
confianza, rencuentro. Siempre la misma historia, ese choque de sentimientos en
el que se debate siempre la misma lucha: ganas y añoranza.
Ganas de lo nuevo e intrépido de
esa gran ciudad, con todas sus metas y recovecos, sus locuras y esa gente tan
maravillosa y distinta. Y en la cara oscura todo eso que dejas atrás, y a ellas,
que son lo más bonito que tiene esta pequeña ciudad.
Pregunte donde pregunte siempre
oigo lo mismo, aunque estén enamorados de Madrid y de su fiesta: ir a Segovia
es volver a casa. Cada fin de semana cuando la veo no puedo evitar sonreír,
porque ella me ha visto crecer.
Por verme sonreir, pero contigo
“La fuga” de fondo, la cama
desecha, chocolate y él en mi cabeza. ¿Por qué no deja de dar vueltas por mis
recuerdos? Es como si hubiesen abierto una rendija en mi memoria. Lo peor de
todo es saber que es por el único lugar por el que va a pasear a mi lado, que
mi cama va a seguir vacía y que por dudar, dudo hasta de si volveré a verle.
Creo que todo el mundo conoce esa
sensación: lo más bonito de un verano, los besos más dulces, las miradas que
más transmiten, los días y las noches juntos… Y que acabé en nada. Que terminé
con una vuelta a la realidad, como si solo hubiese sido un sueño del que solo
son testigos unas cartas en el cajón.
Eso y mis recuerdos, que a este
paso se van a marear de tanto rondar entre mi cabeza y, sí por que no, mi corazón;
y os prometo que algo vibra cuando leo todo aquello que él se encargó de dejar
por escrito, para que nunca se nos olvide, a mi el roce de sus labios y a él
esa gran familia.
Todo tiene su tiempo, y nadie
sabe si el destino hará que vuelva o si simplemente ocupará un lugar especial
en el pasado.
En tus besos no encontré la cura para su recuerdo
Ni yo me creía mi suerte. Ese
momento en el que, tras estar mucho tiempo perdida, encuentras una salida. Lo
último que se te ocurre es pararte a pensar si de verdad esa puerta que vas a abrir no te va
a llevar a otro laberinto, o lo que es peor, no te va a hacer caer por un
abismo; ni se te pasa por la cabeza: quité el cerrojo y le dejé pasar.
Y como no, él empujó la puerta y
lleno todos los rincones de mi cabeza. Pero no del corazón, no por falta de ganas,
sino porque hace tiempo que no sé que manos escondieron la llave o quién no la
devolvió. Me dio igual, por una vez la cabeza mandaba sin tener que luchar contra
el corazón, que poco a poco empezó a reconstruirse sin que ni yo ni él nos diésemos
cuenta.
Ahí es cuando me dije “deja que
se quede”. Y ahí fue cuando decidió irse. El último beso, una sonrisa y media
vuelta; en plan si te vi no me acuerdo. Aunque eso habría sido mucho más
elegante que lo que pasó esa semana: silencio.
Me encantaría poder decirte que
fue breve e intenso, pero en realidad fue breve, vacío y virtual. Su cama fue el
perfecto refugio, un escondite puntual donde ni él tenía que ser sincero ni yo
pensar demasiado. Fugaz, como las estrellas que ya ni me paro a buscar.
Y tan rápido como vino, se fue. Y
aún te recuerdo en esas canciones que me decías de escuchar de madrugada, no
volveré a dejar que invadan mi cuarto. Tú dijiste “Adiós, gracias por todo”, y
yo, como si en realidad se hubiese acabado un contrato, borré tu conversación y
volví a mi laberinto, a perderme de nuevo en el recuerdo de otros besos. Tonta
de mí, tú con tantas cosas en la cabeza y él… En fin, es él.
Era el aliento lo único que cabía entre nosotros dos
¿Nunca os habéis preguntado
porque siempre acabáis haciendo lo que os prohibís? “No voy a llamarle”, “hoy
no salgo”, “no la hables”… Siempre. Una y otra vez caemos y recaemos. Como si tuviésemos vicio a engañarnos. Llega un punto
en el que parece que “sarna con gusto no pica”, pero al final destroza, o al
menos desgasta.
Desgasta, como jugar a perder,
como contar estrellas si esta nublado o seguir buscando sus ojos entre la gente
cuando sabes que no está y lo que es peor, que no va a aparecer.
Y no sé, lo fácil que sería
soltarlo todo y que acabase en un abrazo, uno de los de verdad, de esos en los
que el tiempo no importa y te olvidas de todo lo que no son sus brazos en tu
espalda y su aliento en tu pelo. Y respirar profundo y de golpe. Dejar que el
aire entre y cosa, como lo podría hacer tu sonrisa, las cicatrices que nos
hemos ido haciendo.
Pero no, mediocridad y orgullo se
empellan en cerrar la boca y tapar los ojos, que es lo que mejor se les da. Y
entonces ya resulta fácil, ciego y mudo,
atarse los recuerdos y ahogar las promesas bajo el ruido de cualquier
mentira dicha con una sonrisa. O quizás todo sea solo por verte otra vez
sonreír.
¿Y después que queda: tú,
nosotros o yo?
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