miércoles, 8 de enero de 2014

Era el aliento lo único que cabía entre nosotros dos

¿Nunca os habéis preguntado porque siempre acabáis haciendo lo que os prohibís? “No voy a llamarle”, “hoy no salgo”, “no la hables”… Siempre. Una y otra vez caemos y recaemos. Como si tuviésemos vicio a engañarnos. Llega un punto en el que parece que “sarna con gusto no pica”, pero al final destroza, o al menos desgasta.

Desgasta, como jugar a perder, como contar estrellas si esta nublado o seguir buscando sus ojos entre la gente cuando sabes que no está y lo que es peor, que no va a aparecer.
Y no sé, lo fácil que sería soltarlo todo y que acabase en un abrazo, uno de los de verdad, de esos en los que el tiempo no importa y te olvidas de todo lo que no son sus brazos en tu espalda y su aliento en tu pelo. Y respirar profundo y de golpe. Dejar que el aire entre y cosa, como lo podría hacer tu sonrisa, las cicatrices que nos hemos ido haciendo.

Pero no, mediocridad y orgullo se empellan en cerrar la boca y tapar los ojos, que es lo que mejor se les da. Y entonces ya resulta fácil, ciego y mudo,  atarse los recuerdos y ahogar las promesas bajo el ruido de cualquier mentira dicha con una sonrisa. O quizás todo sea solo por verte otra vez sonreír.

¿Y después que queda: tú, nosotros o yo? 

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