¿Nunca os habéis preguntado
porque siempre acabáis haciendo lo que os prohibís? “No voy a llamarle”, “hoy
no salgo”, “no la hables”… Siempre. Una y otra vez caemos y recaemos. Como si tuviésemos vicio a engañarnos. Llega un punto
en el que parece que “sarna con gusto no pica”, pero al final destroza, o al
menos desgasta.
Desgasta, como jugar a perder,
como contar estrellas si esta nublado o seguir buscando sus ojos entre la gente
cuando sabes que no está y lo que es peor, que no va a aparecer.
Y no sé, lo fácil que sería
soltarlo todo y que acabase en un abrazo, uno de los de verdad, de esos en los
que el tiempo no importa y te olvidas de todo lo que no son sus brazos en tu
espalda y su aliento en tu pelo. Y respirar profundo y de golpe. Dejar que el
aire entre y cosa, como lo podría hacer tu sonrisa, las cicatrices que nos
hemos ido haciendo.
Pero no, mediocridad y orgullo se
empellan en cerrar la boca y tapar los ojos, que es lo que mejor se les da. Y
entonces ya resulta fácil, ciego y mudo,
atarse los recuerdos y ahogar las promesas bajo el ruido de cualquier
mentira dicha con una sonrisa. O quizás todo sea solo por verte otra vez
sonreír.
¿Y después que queda: tú,
nosotros o yo?
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