Ni yo me creía mi suerte. Ese
momento en el que, tras estar mucho tiempo perdida, encuentras una salida. Lo
último que se te ocurre es pararte a pensar si de verdad esa puerta que vas a abrir no te va
a llevar a otro laberinto, o lo que es peor, no te va a hacer caer por un
abismo; ni se te pasa por la cabeza: quité el cerrojo y le dejé pasar.
Y como no, él empujó la puerta y
lleno todos los rincones de mi cabeza. Pero no del corazón, no por falta de ganas,
sino porque hace tiempo que no sé que manos escondieron la llave o quién no la
devolvió. Me dio igual, por una vez la cabeza mandaba sin tener que luchar contra
el corazón, que poco a poco empezó a reconstruirse sin que ni yo ni él nos diésemos
cuenta.
Ahí es cuando me dije “deja que
se quede”. Y ahí fue cuando decidió irse. El último beso, una sonrisa y media
vuelta; en plan si te vi no me acuerdo. Aunque eso habría sido mucho más
elegante que lo que pasó esa semana: silencio.
Me encantaría poder decirte que
fue breve e intenso, pero en realidad fue breve, vacío y virtual. Su cama fue el
perfecto refugio, un escondite puntual donde ni él tenía que ser sincero ni yo
pensar demasiado. Fugaz, como las estrellas que ya ni me paro a buscar.
Y tan rápido como vino, se fue. Y
aún te recuerdo en esas canciones que me decías de escuchar de madrugada, no
volveré a dejar que invadan mi cuarto. Tú dijiste “Adiós, gracias por todo”, y
yo, como si en realidad se hubiese acabado un contrato, borré tu conversación y
volví a mi laberinto, a perderme de nuevo en el recuerdo de otros besos. Tonta
de mí, tú con tantas cosas en la cabeza y él… En fin, es él.
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