miércoles, 8 de enero de 2014

En tus besos no encontré la cura para su recuerdo

Ni yo me creía mi suerte. Ese momento en el que, tras estar mucho tiempo perdida, encuentras una salida. Lo último que se te ocurre es pararte a pensar si  de verdad esa puerta que vas a abrir no te va a llevar a otro laberinto, o lo que es peor, no te va a hacer caer por un abismo; ni se te pasa por la cabeza: quité el cerrojo y le dejé pasar.

Y como no, él empujó la puerta y lleno todos los rincones de mi cabeza. Pero no del corazón, no por falta de ganas, sino porque hace tiempo que no sé que manos escondieron la llave o quién no la devolvió. Me dio igual, por una vez la cabeza mandaba sin tener que luchar contra el corazón, que poco a poco empezó a reconstruirse sin que ni yo ni él nos diésemos cuenta.

Ahí es cuando me dije “deja que se quede”. Y ahí fue cuando decidió irse. El último beso, una sonrisa y media vuelta; en plan si te vi no me acuerdo. Aunque eso habría sido mucho más elegante que lo que pasó esa semana: silencio.

Me encantaría poder decirte que fue breve e intenso, pero en realidad fue breve, vacío y virtual. Su cama fue el perfecto refugio, un escondite puntual donde ni él tenía que ser sincero ni yo pensar demasiado. Fugaz, como las estrellas que ya ni me paro a buscar.


Y tan rápido como vino, se fue. Y aún te recuerdo en esas canciones que me decías de escuchar de madrugada, no volveré a dejar que invadan mi cuarto. Tú dijiste “Adiós, gracias por todo”, y yo, como si en realidad se hubiese acabado un contrato, borré tu conversación y volví a mi laberinto, a perderme de nuevo en el recuerdo de otros besos. Tonta de mí, tú con tantas cosas en la cabeza y él… En fin, es él.

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