miércoles, 8 de enero de 2014

Más bonita que ninguna...

Rutina. Una palabra tan mágica como peligrosa. Volver a empezar, conectar, cambios, prisas, estrés… Y seguridad, confianza, rencuentro. Siempre la misma historia, ese choque de sentimientos en el que se debate siempre la misma lucha: ganas y añoranza.
Ganas de lo nuevo e intrépido de esa gran ciudad, con todas sus metas y recovecos, sus locuras y esa gente tan maravillosa y distinta. Y en la cara oscura todo eso que dejas atrás, y a ellas, que son lo más bonito que tiene esta pequeña ciudad.

Pregunte donde pregunte siempre oigo lo mismo, aunque estén enamorados de Madrid y de su fiesta: ir a Segovia es volver a casa. Cada fin de semana cuando la veo no puedo evitar sonreír, porque ella me ha visto crecer.

Por verme sonreir, pero contigo

“La fuga” de fondo, la cama desecha, chocolate y él en mi cabeza. ¿Por qué no deja de dar vueltas por mis recuerdos? Es como si hubiesen abierto una rendija en mi memoria. Lo peor de todo es saber que es por el único lugar por el que va a pasear a mi lado, que mi cama va a seguir vacía y que por dudar, dudo hasta de si volveré a verle.

Creo que todo el mundo conoce esa sensación: lo más bonito de un verano, los besos más dulces, las miradas que más transmiten, los días y las noches juntos… Y que acabé en nada. Que terminé con una vuelta a la realidad, como si solo hubiese sido un sueño del que solo son testigos unas cartas en el cajón.

Eso y mis recuerdos, que a este paso se van a marear de tanto rondar entre mi cabeza y, sí por que no, mi corazón; y os prometo que algo vibra cuando leo todo aquello que él se encargó de dejar por escrito, para que nunca se nos olvide, a mi el roce de sus labios y a él esa gran familia.

Todo tiene su tiempo, y nadie sabe si el destino hará que vuelva o si simplemente ocupará un lugar especial en el pasado.

En tus besos no encontré la cura para su recuerdo

Ni yo me creía mi suerte. Ese momento en el que, tras estar mucho tiempo perdida, encuentras una salida. Lo último que se te ocurre es pararte a pensar si  de verdad esa puerta que vas a abrir no te va a llevar a otro laberinto, o lo que es peor, no te va a hacer caer por un abismo; ni se te pasa por la cabeza: quité el cerrojo y le dejé pasar.

Y como no, él empujó la puerta y lleno todos los rincones de mi cabeza. Pero no del corazón, no por falta de ganas, sino porque hace tiempo que no sé que manos escondieron la llave o quién no la devolvió. Me dio igual, por una vez la cabeza mandaba sin tener que luchar contra el corazón, que poco a poco empezó a reconstruirse sin que ni yo ni él nos diésemos cuenta.

Ahí es cuando me dije “deja que se quede”. Y ahí fue cuando decidió irse. El último beso, una sonrisa y media vuelta; en plan si te vi no me acuerdo. Aunque eso habría sido mucho más elegante que lo que pasó esa semana: silencio.

Me encantaría poder decirte que fue breve e intenso, pero en realidad fue breve, vacío y virtual. Su cama fue el perfecto refugio, un escondite puntual donde ni él tenía que ser sincero ni yo pensar demasiado. Fugaz, como las estrellas que ya ni me paro a buscar.


Y tan rápido como vino, se fue. Y aún te recuerdo en esas canciones que me decías de escuchar de madrugada, no volveré a dejar que invadan mi cuarto. Tú dijiste “Adiós, gracias por todo”, y yo, como si en realidad se hubiese acabado un contrato, borré tu conversación y volví a mi laberinto, a perderme de nuevo en el recuerdo de otros besos. Tonta de mí, tú con tantas cosas en la cabeza y él… En fin, es él.

Era el aliento lo único que cabía entre nosotros dos

¿Nunca os habéis preguntado porque siempre acabáis haciendo lo que os prohibís? “No voy a llamarle”, “hoy no salgo”, “no la hables”… Siempre. Una y otra vez caemos y recaemos. Como si tuviésemos vicio a engañarnos. Llega un punto en el que parece que “sarna con gusto no pica”, pero al final destroza, o al menos desgasta.

Desgasta, como jugar a perder, como contar estrellas si esta nublado o seguir buscando sus ojos entre la gente cuando sabes que no está y lo que es peor, que no va a aparecer.
Y no sé, lo fácil que sería soltarlo todo y que acabase en un abrazo, uno de los de verdad, de esos en los que el tiempo no importa y te olvidas de todo lo que no son sus brazos en tu espalda y su aliento en tu pelo. Y respirar profundo y de golpe. Dejar que el aire entre y cosa, como lo podría hacer tu sonrisa, las cicatrices que nos hemos ido haciendo.

Pero no, mediocridad y orgullo se empellan en cerrar la boca y tapar los ojos, que es lo que mejor se les da. Y entonces ya resulta fácil, ciego y mudo,  atarse los recuerdos y ahogar las promesas bajo el ruido de cualquier mentira dicha con una sonrisa. O quizás todo sea solo por verte otra vez sonreír.

¿Y después que queda: tú, nosotros o yo?